Del cielo a la tierra

Hoy 13 de marzo de 2011 se cumplen 100 años del nacimiento de L. Ronald Hubbard. Me resulta muy difícil hablar de este hombre manteniendo cierta ecuanimidad. Para alguien como yo, es todo un truco dejar la emoción fuera cuando, en un caso como éste, la emoción es una cantidad sin límites. Comenzaré diciéndote que aunque no tuve la oportunidad de estrechar su mano en esta vida, me siento tremendamente afortunada por conocerlo (cada día un poco más) a través del legado de su tecnología. Esa fortuna de la que soy dueña y señora no se refiere a la acepción “suerte” de la palabra fortuna. Se refiere a la riqueza tan inmensa que representa este legado; a la diferencia abismal que marca en una vida el tenerlo o no tenerlo en su haber. Como quizá no me conozcas (y en vista de las estupideces que de cuando en cuando se publican y que las personas leen y a veces creen), pienso que vale la pena aclararte de entrada que no se me ocurre pensar que L. Ronald Hubbard sea Dios (al menos no más que tú o que yo); sin embargo, como escribe su biógrafo, es prácticamente imposible clasificar un personaje de tantas dimensiones como él y una vida tan extraordinaria como la que vivió. Pero no son su vida ni su persona los temas de este artículo; esos datos los puedes encontrar, por ejemplo, en el flamante sitio web del Centenario. Lo que quiero transmitirte es lo que significa para mi presente y mi futuro el que él haya vivido. Algo bastante personal, como ves.

Y es una cosa muy simple. Lo que significa para mí que L. Ronald Hubbard haya vivido es sencillamente la diferencia que existe entre saber y no saber.

—Saber… ¿qué?, podrías preguntarme. —Cualquier cosa, te respondería; lo que quiera. Saber, por ejemplo que es posible saber cualquier cosa. Quizá no lo creas, pero es cierto: puedes saber cualquier cosa; la vida no tiene que ser un juego de La Gallinita Ciega, no tiene que ser un misterio inescrutable… a menos que queramos que lo sea, desde luego. Cada uno de nosotros tiene el poder absoluto de hacer de su vida algo oscuro e incierto y de la realidad un acertijo, un misterio envuelto en un enigma, si eso es lo que le hace feliz.

A mí me gusta la razón, la lógica. Me gusta conocer. Prefiero saber las respuestas que ignorarlas y, definitivamente, prefiero encontrarlas por mí misma: saber que son ciertas porque yo lo he comprobado. No me siento cómoda con la aceptación por fe. No es que tenga algo en contra de la fe; es que, personalmente, necesito la clase de certeza que sólo el conocimiento puede proporcionarme.

Ronald no “me hizo” así con su tecnología, creo que siempre he sido de esa manera; tal vez, tú también. Lo que él hizo fue crear el método, un método infalible, para encontrar las respuestas, un sistema para distinguir lo verdadero de lo falso, lo útil de lo inútil, lo esencial de lo accesorio. Comprendo que en estos tiempos en que las teorías psicológicas han llegado a contaminar buena parte de las humanidades y las ciencias sociales, es arriesgado afirmar que existe algo infalible; resulta “políticamente incorrecto” y, dependiendo del caso, hasta peligroso. Aseveraciones como esta tienen el potencial de provocar una lluvia instantánea de acusaciones de fanatismo, alienación, falta de visión crítica de “la realidad”. La inteligencia de quien osa declarar algo así es puesta de inmediato en tela de juicio… todo lo cual puede ser bastante fastidioso, pero, le disguste a quien le disguste, no le quita ni un ápice de verdad a la afirmación.

Como te decía, con este método infalible es posible encontrar las respuestas a tus interrogantes sobre ti mismo, sobre las relaciones, sobre la Vida, sobre la muerte, sobre las emociones, sobre la Justicia y sobre la Verdad. Al menos esas eran mis interrogantes. Quizá las tuyas sean otras, quizá no. Y la maravilla de este método es que no te da las respuestas. Te muestra cómo tú mismo las localizas, dondequiera que estén, al tiempo que desarrolla tu capacidad para mirar, para ver y para darte cuenta cuando has encontrado una respuesta. Sí, esto es una habilidad, aunque suene extraño. Por ejemplo, con seguridad has visto a alguien que pierde sus anteojos y pasa 20 desesperados minutos buscándolos ¡sólo para darse cuenta al final de que los tenía puestos, sobre la cabeza o colgando del pecho! Esto sucede también en la vida, lo sabes. Por eso es necesario afinar el olfato, el oído y el tacto, además de la visión, para darnos cuenta de que ya hemos encontrado lo que buscábamos, que ya lo tenemos ahí, resplandeciendo, frente a nuestros propios ojos.

No me hace falta observar a quienes carecen de esta tecnología, para notar la diferencia (aunque te confieso que lo hago de vez en cuando, sólo para recordarme a mí misma lo que tengo en las manos —algo así como cuando Tío Rico entra de puntillas en la bóveda del banco y se da un chapuzón en su tesoro y tira las monedas y las alhajas al aire, sólo por el placer de verlas brillar cuando caen y de saber que son suyas… Me basta con mirar atrás, hace veintitantos años: de la ruina interior que era mi vida –cuando, por ejemplo, el tema del suicidio era un pensamiento cotidiano por temporadas– ya no queda nada. Podría escribir cientos de miles de palabras sólo enumerando y describiendo las diferencias entre el antes y el ahora. Las diferencias en mi vida cotidiana, en mi capacidad profesional, en mi habilidad para relacionarme con los demás, para enfrentar las cosas, para plantear problemas y crear soluciones, para ser feliz, para comunicarme, las mejoras en mi salud, en el aspecto financiero, en mi nivel de certeza, de energía, de resistencia, de empuje, en fin….. no terminaría hoy, te lo aseguro.

De todas esas diferencias, la que sin duda alguna considero la más importante es la que encierra la palabra Ayuda. Antes, no era capaz de ayudar verdaderamente a nadie, no sabía como mejorar una situación, no sabía qué hacer cuando las cosas no iban bien para mí o para otros. Ahora no tengo la menor duda en afirmar que siempre puedo hacer algo al respecto para mejorarlo. Generalmente, sé qué hacer y cómo hacer para que algo salga bien. Y cuando no lo sé, sé exactamente cómo averiguarlo. S-i-e-m-p-r-e.

La diferencia que esto produce en mi vida, es del cielo a la tierra. El método, el camino, el legado, la tecnología que lo ha hecho posible, se llama Scientology.

Thank you, Sir, and Happy Birthday!

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4 pensamientos en “Del cielo a la tierra

  1. Me alegro que un ser humano pueda ser capaz de despertar tantas cosas en otro. De alguna manera creo que hay seres humanos que nos dan un empujón para redescubrir nuestra propia verdad. Un abrazo lumimoso para ti.

  2. También prefiero saber a no saber y pensar que todo puede ser posible cuando uno se lo propone. Cada uno encuentra el camino para llegar a ello. Lo importante para mi, es creer en lo que uno hace.
    Un abrazo,
    Anne

  3. Patricia de mi ♥, tienes toda la razón, así es. En el caso de Ronald, el “empujón” ha sido para millones de personas en todo el mundo. Un abrazo resplandeciente de vuelta para ti.

    Carlos, en estos tiempos en que tantas cosas a nuestro alrededor necesitan cambiar y mejorar, como yo lo veo, es que el movimiento es uno de nuestros aliados, y no sólo de pensamiento, sino de acción. Abrazos sinceros de vuelta, amigo.

    Anne, linda, gracias por venir, leer y dejar constancia de lo que es importante para ti. Ese creer que mencionas es lo que determina al final el poder que tendrá o no nuestro hacer. Y la propia integridad personal depende de ello. Otro abrazote para ti.

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