Del cielo a la tierra

Hoy 13 de marzo de 2011 se cumplen 100 años del nacimiento de L. Ronald Hubbard. Me resulta muy difícil hablar de este hombre manteniendo cierta ecuanimidad. Para alguien como yo, es todo un truco dejar la emoción fuera cuando, en un caso como éste, la emoción es una cantidad sin límites. Comenzaré diciéndote que aunque no tuve la oportunidad de estrechar su mano en esta vida, me siento tremendamente afortunada por conocerlo (cada día un poco más) a través del legado de su tecnología. Esa fortuna de la que soy dueña y señora no se refiere a la acepción “suerte” de la palabra fortuna. Se refiere a la riqueza tan inmensa que representa este legado; a la diferencia abismal que marca en una vida el tenerlo o no tenerlo en su haber. Como quizá no me conozcas (y en vista de las estupideces que de cuando en cuando se publican y que las personas leen y a veces creen), pienso que vale la pena aclararte de entrada que no se me ocurre pensar que L. Ronald Hubbard sea Dios (al menos no más que tú o que yo); Sigue leyendo

El propósito de la educación

Aprendizaje
Foto: Father and son surf lesson, por mikebaird.

Las reflexiones, datos y opiniones en este artículo, son fruto de mi aprendizaje, observación de varias décadas, en cuanto a mi propia experiencia en el campo de la educación, como estudiante, como profesora universitaria y como facilitadora de la Tecnología Hubbard de Estudio, habiendo entrenado a más de 2,300 maestros y a un gran número de estudiantes.
…………………………………………………………………………………………………………………….

Creo sinceramente que la educación cuando las personas de mi generación íbamos al colegio (en los 60 y 70s) era mucho mejor, en términos cualitativos, que la actual. Nuestros maestros, nuestros padres y nuestros abuelos nos enseñaban y la inmensa mayoría de nosotros, aprendíamos. Tan simple como eso. Había problemas, sí, había maestros y estudiantes excelentes, otros promedio y otros realmente malos, es cierto. Pero en la gran mayoría de los casos, había resultados.

Es cierto que en la actualidad se ha hecho toda clase de avances en cuanto al alcance de la educación (como derecho al que se obliga a los países a garantizar a toda la población mediante tratados, restricciones y sanciones) y en cuanto al “nivel tecnológico” de la enseñanza, por ejemplo respecto a medios audiovisuales y digitales y, naturalmente, a la existencia de la parte positiva de Internet. Pero ninguna de estas cosas suple la falta de un método de enseñanza funcional, es decir, que produzca resultados. Y voy más allá, en algunos casos, ni siquiera complementa un buen método educativo, en los contados casos en que existe. Hace todos esos años atrás, había incontables maestros y profesores que creían honestamente que el éxito era posible en la formación de los hombres y mujeres del futuro. Y en los años de nuestros padres y abuelos, eran aún más numerosos. Hasta mi época (estoy convencida de que mi generación se salvó por un pelo), personas que dedicaban gustosamente su vida entera, todo su esfuerzo y su atención a la tarea de enseñar no eran la excepción, sino la regla. Hasta Hollywood los reconocía como ejemplos y por los años sesenta hubo varias películas del tipo de Adiós Mr. Chips. Hoy, profesores como ese son considerados en el mejor de los casos como ilusos, utópicos, “desvergonzadamente sentimentales” (como lo califica la Wikipedia) o en el peor, en el más extendido, como ridículos o idiotas fuera de la “realidad”.

Por nuestra parte, los niños íbamos a la escuela sabiendo que aprenderíamos algo si no útil, al menos con cierto grado de importancia para algo llamado “futuro” y, por qué no, acompañado de suficiente diversión. Personalmente, recuerdo haber experimentado muchas veces, camino al colegio, esa sensación similar al orgullo de saber que estamos haciendo lo correcto: no sólo lo que se espera de nosotros, sino lo que nosotros mismos hemos asumido como deber y a lo que hemos asignado un nivel alto de importancia. Recuerdo el sentimiento con gran claridad. Había cierto énfasis, tanto en la casa como en la escuela de traspasar valores a la generación siguiente, de la única forma en que este traspaso puede llevarse a cabo: a través de la demostración del ejemplo que acompaña a la teoría. Aprendimos a leer con viejos silabarios en blanco y negro, quizá impresos en papel periódico, y la ayuda de métodos inventados por nuestros padres. Y aprendíamos de verdad a leer y a escribir: podíamos entonces leer y escribir y lo hacíamos, porque el propósito compartido era que aprendiéramos.

Hoy, los problemas comienzan desde la alfabetización. Los textos son hermosísimos, carísimos, en papel satinado a full color y con multimedia incluido, pero el propósito es otro, completamente distinto. Los niños que no tienen la suerte de tener un padre o una madre interesada en que lo hagan, nunca aprenden siquiera a leer y arrastran para siempre no sólo esa carencia educacional (que por lo demás es fácilmente subsanable), sino la consideración de la propia capacidad y valía como insuficientes. Esto es ya más difícil de contrarrestar y sus consecuencias son devastadoras en la vida, no sólo para ellos mismos, sino para quienes les rodean.

¿Qué ha cambiado? ¿Por qué esta corrupción acelerada del sistema educativo en los últimos 40 años? Es muy simple. Ha cambiado el propósito de la educación.

En los años 60 la psicología comenzó a hacerse cargo, en unos países antes que en otros, tanto del currículum como de los métodos educativos. Comenzaron eliminando lo que llamaban “fuentes de stress”: la reprobación escolar, el currículum centrado en lo académico y los procedimientos disciplinarios; y fueron desapareciendo del mapa, al mismo tiempo, todo rastro de educación en valores y cualquier posible interés en la trascendencia humana, a través de lo que llaman “socialización”, “educación sexual” e incluso “prevención” de drogas. En los últimos veinte años, la psiquiatría la acompaña con el consecuente empeoramiento acelerado, no sólo de todo el sistema educativo, sino de las instituciones estrechamente vinculadas con él; una de ellas, la familia. Los colegios y escuelas han dejado de ser centros educativos para convertirse en laboratorios de “salud” mental. Los alumnos han dejado de ser estudiantes para convertirse en pacientes. Los niños son etiquetados con “trastornos” inventados sólo para lucrar ya sabemos a quiénes y hoy en día, al menos en Estados Unidos, hay más estudiantes que encajan en alguno de estos “síndromes”, “trastornos” y “déficits” que los que se consideran normales.

Si yo hubiera cometido el grave error de venir al mundo 20 años después, con toda seguridad habría ejemplificado, al igual que prácticamente todos mis amigos, un caso de “necesaria medicación” y hoy seríamos zombies, por completo inutilizados para vivir, para producir, para crear. Esto, claro está, en caso de que no acabáramos volándonos la tapa de los sesos, luego de un delicioso viaje de Prozac, seguido de acribillar desde el tejado a la mitad de la población escolar de nuestro “centro de formación”….

Sé que mucho de lo que digo suena exagerado. Que, debe considerarse que hay “casos y casos”. Que la realidad es “más compleja” que como yo la planteo (posiblemente, esta frase sea nada menos que el lema –mínimamente, el mantra sagrado– de la psicología, traspasado con gran éxito a todo el campo de las ciencia sociales). Tal vez hasta pase por la mente de algún lector el segundo planteamiento favorito de los psicólogos: “no se trata de un asunto de buenos y malos, ya que para empezar no existen tales cosas como el bien y el mal”… Pero la verdad es que no espero en absoluto que nadie crea ni una sola palabra de este artículo. Pero sí espero que los lectores se informen, por sus propios medios y por su propio bien y el de sus hijos.

Cualquier grado de educación, de transmisión del conocimiento, es posible cuando la verdadera intención es la de educar, la de hacer que otra persona sea un poco mejor, un poco más capaz, más independiente, más autodeterminada. Claro que esto requiere, cómo no, de un grado mínimo de confianza en el ser humano: necesitamos estar libres, al menos hasta un punto, del terror a ser dolorosamente despedazados por quienes estamos intentando hacer más capaces.

Dependiendo de las herramientas que utilicemos y de la inteligencia –o del arte, como bien dice un querido amigo mío– del maestro, podremos obtener más o menos resultados, pero siempre los obtendremos.

Sin embargo, cuando el verdadero propósito es reducir al ser humano, degradarlo a la categoría de un puñado de elementos químicos en combustión y de reacciones eléctricas; cuando nuestra confianza y nuestro respeto por él son inexistentes; cuando le consideramos menos que una bestia salvaje plagada de instintos animales incontrolables (y en esto, por cierto, funciona maravillosamente bien aquello de que “el ladrón juzga por su condición”), estos resultados simplemente no se pueden conseguir. Sólo obtenemos degradación de nuestra cultura, de nuestra especie, de nuestra civilización… de lo que aún persiste de ella.

Así, resulta que hay algo todavía por encima de la educación, que por sí sola determina no sólo su éxito o su fracaso y, por tanto, el de todas las empresas humanas. Es la concepción filosófica que tenemos sobre el Hombre… y su circunstancia.


Entradas relacionadas:
¿Qué es un profesor?
Por qué “no queremos” a la Psiquiatría (III)
La naturaleza humana: ¿buena o perversa?

Más información sobre psicología y psiquiatría en los sistemas educativos. (PDF)

El reino del revés: Mis 20 años en Scientology (II)

A veces nos damos con la cabeza contra las paredes porque “no nos dimos cuenta a tiempo” de algo muy importante en relación con la vida.

Pasamos por alto algo como una ley elemental de la supervivencia, del orden de “el lugar apropiado de los deditos es lejos de la pata de la mecedora” y lamentamos no haber prestado mayor atención a aquellos datos muy simples pero muy claves que nuestros padres se empeñaron infructuosamente durante décadas en hacernos comprender. Y es así que esos fragmentos invaluables de conocimiento, sólo la vida –a cabezazo limpio– logra enseñarnos, a menos que tengamos la inmensa fortuna de encontrarnos con Scientology.

Pero la verdad es que no puede ser de otro modo. No mientras sigamos siendo los locos habitantes del Reino del Revés. O al menos esa fue una conclusión a la que llegué hace mucho tiempo.

Una y otra y otra y otra vez, nacemos, fingimos vivir y parecemos morir en este reino, donde todo es lo contrario de lo que debería.

Y estamos tan acostumbrados a vivir cabeza abajo que cuando se nos acerca alguien “al derecho” sucede que entendemos “al revés” todo lo que nos dice. Y lo más trágico —tragicómico si es que estamos de buen humor— es que ni cuenta nos damos y seguimos cabeza abajo, tan campantes.

Comprender esto, fue para mí uno de los mayores shocks de mis 20 años en Scientology. Y no era para menos. Ocurrió cuando me di cuenta repentinamente que acababa de leer al revés una de estas leyes vitales.

Comprendí que no sólo la estaba “entendiendo” al revés, no sólo la “estaba usando en la vida” al revés, sino que hasta ¡acababa de leerla al revés, ahora que Ronald me la escribía como era, al derecho!

Se trataba de uno de estos datos vitales que dice algo como esto:

“Cuando una persona te trata mal o habla mal de ti es por todo el daño que te ha hecho.”

Yo leí: “es por todo el daño que le has hecho.”

Así de simple. La leí, automáticamente, al revés.

Porque es lo que nos enseña El Reino del Revés: alguien te critica y te destroza a tus espaldas; así que tú debes haberle hecho algo muy, muy, pero muy malo….

¡Ja! ¡Claro que no! ¡¡¡Es al revés!!!! ¡Es esa persona la que te lo ha hecho a ti! (Por cierto, aquí está la descripción completa de este engañoso mecanismo.)

Comprender que había estado la mayor parte del tiempo “cabeza abajo” supuso un cambio radical en mi punto de vista sobre la vida, por lo cual nunca podré agradecer lo suficiente a LRH.

Es casi seguro que a ti también te ha pasado alguna vez: de pronto se te encienden todas las luces, y te das cuenta de algo que habías estado viendo toda tu vida “al revés”. Y es posible que te vuelva a pasar. Espero que, así sea. Así que cuando ocurra, no seas demasiado duro contigo mismo. No te des con la cabeza contra las paredes, aunque sé por experiencia que a veces éste es el primer e irresistible impulso. Más bien siéntete feliz y aliviado de haber atisbado, aunque sea por escasos segundos, la visión esplendorosa del mundo al derecho: con los pies bien firmes en la tierra y la cabeza (y el corazón) bien firmes en tus sueños.

Entradas relacionadas:
Sobre sendas, senderos y caminos al andar: Mis 20 años en Scientology (I)
En un planeta muy, pero muuuuy lejano…
Cuando sonríes
Quienes cambian el mundo

Sobre sendas, senderos y caminos al andar: Mis 20 años en Scientology (I)


Foto: Sin título, © de Jusamawi.

Gardel o no Gardel, para mí veinte años sí son algo. Son, definitivamente, más que diez y más que quince años. Son poquito menos de la mitad de mi vida. Son toda una vida para un joven veinteañero, son una eternidad inimaginable para mi hija, la Princesa Sol, que mañana cumple cuatro….

Sucede que de vez en cuando, muy de vez en cuando, y precisamente cuando no tengo tiempo para eso, me dan los ataques filosóficos, como yo les llamo. Un ataque filosófico es simplemente un deseo intenso de comunicar sobre lo que son mis temas favoritos: la vida, el Ser, la Verdad…. ese tipo de frivolidades intrascendentes. Y pues, bueno, últimamente algunos de mis queridísimos amigos –en español y en inglés– se han dado a la tarea de convencerme por todos los medios de que “me debo a mis lectores”… Así que aquí comienzo una de mis “legendarias” series sin fin de entradas, esta vez sobre lo que significa para mí haber encontrado, hace 20 años, el camino que buscaba para llegar a donde voy.

Ojalá mi experiencia pudiera llegar a serte útil de alguna manera.
…………………………………………………………………………………………………………………….

Yo no sé si Proverbios y Cantares, de Antonio Machado, fue una serie inmortal de poemas breves desde su creación; pero si no lo fue, sí sé que Joan Manuel, en 1969, se encargó de inmortalizarla.

¿Quién no ha oído o recitado decenas de veces el poema XXIX?:

Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
caminante, no hay camino,
se hace camino al andar [...]

La canción Cantares, ese bellísimo arreglo de Serrat a algunos de los poemas de esta serie, ha sido enarbolada con particular fiereza por una buena parte de los integrantes de mi gloriosa generación, durante las últimas 4 décadas. A partir de los años 70 llegó a convertirse en una especie de himno a la libertad de pensamiento, en una especie de manifiesto de rechazo a las “viejas escuelas” y, de pasada, a más de alguna tradición. Y ha continuado siéndolo por todos los años que han transcurrido desde entonces.

Muy romántico lo encuentro, pero perfectamente inútil; al menos en estos tiempos.

Porque sucede que el concepto de que “no hay camino” no se queda en himno. Coincidencialmente (ya que dudo que fuera intencional de parte de Joan Manuel), existe toda una corriente de pensamiento, cuyos seguidores se dejarían ejecutar con una filosófica sonrisa en los labios, en defensa de la idea de que todo camino, por definición, no puede ni debe ser transitado.

Y, por absurdo que suene, la razón para esto es que no hay ni puede haber ningún camino, porque “se hace camino al andar”.

Y esta afirmación se acepta, sin el menor cuestionamiento, como si fuera un dogma de fe. Es del tipo de cosas que “todo el mundo sabe…” que agrupa a las mayores insensateces junto a las falsedades más fantásticas y las presenta como fruto del sentido común o, peor aún, de la reflexión filosófica.

Esta negación por principio de la validez de la existencia de toda ruta, de todo sendero hacia la Verdad, llega tan lejos como hasta plantear que no hay definiciones posibles a conceptos como el Amor, la Libertad, la Verdad… que éstas deben ser “construidas” por cada persona y que, como si esto fuera poco, ¡son constantemente cambiantes!

Yo me imagino que el genio que concibió estas ideas –muy apreciadas y promovidas por algunas escuelas de psicología– dirigió o mínimamente participó, hace muchas vidas atrás, en el diseño de la Torre de Babel o, al menos, del Laberinto de Cnosos. Porque el resultado que se obtiene de su práctica en la vida es, naturalmente, confusión, indecisión, fracaso y pérdida. No hay otra posibilidad.

Lo cierto es que, como sabemos, no todo es igual a todo. Al menos no lo es en el reino de la cordura. Ocurre que dos o más cosas pueden ser

  • idénticas,
  • similares o
  • diferentes.

Y mientras más cuerdos nos volvemos, más capaces somos de asignar una de estas 3 posibilidades a las cosas.

Así, tenemos senderos y senderos. Y tenemos caminos y caminos….

Que la historia humana esté plagada de caminos que desembocan en laberintos y de senderos que conducen a trampas o a despeñaderos no significa que todos los caminos terminen en una trampa, siempre, sin excepción, por los siglos de los siglos.

Un camino no es necesariamente igual o similar a trampa, laberinto o despeñadero. Un camino no es necesariamente igual a traición. No es necesariamente igual a fracaso.

Muchos de los caminos que existen, los andamos a diario. Algunos, particularmente hermosos, son un verdadero placer de recorrer. Antiguamente, todos conducían a Roma. En la actualidad, conducen a una infinidad de destinos.

Ahora bien, si nuestro propósito es el de explorar y descubrir territorios ignotos, es cierto que un camino puede volverse un verdadero fastidio y aguarnos la fiesta. De lo contrario, los caminos suelen ser bastante útiles a la hora de conducirnos a alguna parte a donde queremos llegar.

Y ya sea que se trate de ir a buscar a los niños al colegio o de llegar a encontrarnos cara a cara con la Verdad última sobre la existencia, esta cuestión de “caminos o no caminos” puede considerarse, incluso, desde la perspectiva matemática:

  • Estoy en el punto A y quiero llegar a B.
  • Independientemente de mi opinión y de la de los demás, la línea recta es el camino más corto.
  • Todos los otros caminos son más largos que el de la línea recta.
  • Algunos caminos parecen dirigirse a B, pero no llegan.

En lo más profundamente personal, en todos estos años, en su inmensa simplicidad y grandeza esto es lo que tanto la tecnología (la práctica), como la filosofía (la teoría) de Scientology han hecho por mí:

  • Me enseñaron a localizarme en “A“: pude descubrir exactamente quién era y dónde estaba.
  • Me ayudaron a reencontrar mi propósito básico de esta vida. Matemáticamente hablando, a determinar “B“.

Y no pasa un sólo día sin que aprenda o practique una de las muchas formas de:

  • Enderezar la línea AB cuando veo que se ha torcido.
  • Quitar los obstáculos del camino AB.
  • Crear y recrear la energía necesaria para impulsarme hacia B.

Aunque me gustan los senderos y los caminos, no veo a Scientology como uno.

Pero quizá como brújula o como mapa; o tal vez como mochila mágica, llena de herramientas de supervivencia; se relaciona de manera inseparable con lo que es mi propio camino para ir hacia donde yo voy. Y doy gracias por ella, porque por primera vez en cientos o miles de existencias, tengo un nivel decente de certeza sobre quién soy, de dónde vengo, para donde voy y de por dónde va el camino que conduce hacia allá.