
A Simon Pi,
el sobrino que me acaba de nacer,
hace poco menos de una hora y
a su hermosísima madre.
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Nunca imaginé que escribiría esta entrada. Fue algo de lo que me di cuenta cuando llegué a la parte de La Ciencia de la Supervivencia donde está la cita que publicamos el año pasado para esta fecha:
A las artes y destrezas de la mujer, la creación e inspiración de lo que es capaz de llevar a cabo aquí y allá, en lugares aislados de nuestra cultura a pesar de las ruinas y la decadencia del mundo masculino que se extiende a su alrededor, se les debe dar nueva y plena vida. Estas artes y destrezas, la creación y la inspiración, constituyen su belleza, así como ella es la belleza de la humanidad.
L. Ronald Hubbard, La Ciencia de la Supervivencia
y pude comprenderla en todo su contexto, el contexto monumental que representa ese libro. Entonces, decidí que de algún modo tenía que hacerlo público. Y estaba a punto de “olvidárseme”, pero la llegada de Simon me lo recordó. Así que lo escribo y lo publico.
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Es indiscutible que hoy en día, un siglo después de las demostraciones sufragistas y a poco más de medio siglo de que Simone de Beauvoir publicara El Segundo Sexo, la equidad de género sigue siendo sólo un sueño de unas cuantas mujeres. “Hemos recorrido un largo camino, baby“, como decía un anuncio de cigarrillos Virginia Slims de principios de los 80, que usualmente ocupaban la contraportada de la revista “Ms.”; mi favorita en esos años dorados. Pero de que falta mucho por andar, sin duda, falta. Sólo basta darle un vistazo a la horrenda realidad que viven cotidianamente las mujeres presas de la violencia de género, como revela, por ejemplo, el libro recién impreso de la mamá de Simon Pi…
Sin embargo, las “soluciones” que se plantean hasta ahora desde las ciencias sociales –holísticas o no– moldeadas de pies a cabeza por una visión victimizante (y, por tanto, irresponsable) de la existencia que promueve la psicología, sólo son eso: soluciones entre comillas.
Porque está muy bien manifestarse y apoyar el que los hombres compartan aquello que desde siempre ha sido, como mujeres, nuestra tarea/deber/responsabilidad/esclavitud (depende cómo y cuando se mire) en el hogar. Pero si no lo hacen (para empezar porque la mayor parte del tiempo ni siquiera están ahí), sucede que alguien tiene que hacerlo.
Y aunque si bien es cierto que los pisos se pueden quedar sin limpiar un día o dos; que la comida se puede comprar preparada una semana o dos; que podemos usar (a pesar de ser antiecológico) platos, vasos y cubiertos desechables por un año o dos; que la ropa se puede llevar de vez en cuando a la lavandería; no es menos verdadero que los oficios domésticos no son equiparables en importancia a la formación y educación de los seres humanos. Fregar los platos o limpiar pisos no es lo mismo que asegurarnos que nuestros hijos son al fin capaces por sí mismos de diferenciar entre el bien y el mal.
Lo cual nos lleva a lo más importante, a lo más vital para nuestro futuro: la crianza de los niños. Y cuando digo “nuestro futuro”, no me refiero únicamente a ese futuro distante y ajeno que legaremos a nuestros nietos; ¡no! es al que estamos creando ¡para nosotros mismos cuando regresemos! Estamos, por más increíble (u horrible) que pueda resultar, criando y educando a nuestros futuros abuelos, profesores, gobernantes y quizá hasta a nuestros futuros padres y madres… Sí, ya lo sé, puede ser por completo espeluznante… ¡o maravilloso!
Resulta espeluznante si queremos despojarnos a toda costa de esa responsabilidad. Maravilloso, si nos damos cuenta de la oportunidad tan espectacular de creación que tenemos en nuestras propias manos. Porque a eso es que se refiere la cita con que comienza esta entrada. Si hacemos un buen trabajo, estamos creando al menos una pequeña parte de la nueva civilización a la que aspiramos todos.
Así es, alguien tiene que hacerlo. Justo o injusto, nos guste o no, alguien tiene que hacerlo e indudablemente alguien lo hará. La pregunta es quién. La escena ideal es, naturalmente, su propio padre y su propia madre, idealmente dos personas íntegras, creativas, felices y capaces.
Pero en la realidad de la inmensa mayoría de la humanidad ¿quién se encarga de educar a los hijos? ¿Quién se asegura de que crezcan ellos mismos como seres íntegros, creativos, felices y capaces? ¿Quién puede garantizar que ese precioso niño no se convierta en un hombre machista o, peor, un agresor? ¿Quien tiene en sus manos el poder de hacer de esa tierna niñita una mujer sumisa que “aguanta” la violencia o una transformadora de su entorno, para bien?
¿El gobierno? ¿Un padre que brilla por su ausencia? ¿Una abuela que aunque los adora fue criada bajo los preceptos y los datos falsos del siglo antepasado o, con suerte del pasado, y los sigue aún al pie de la letra? ¿La trabajadora doméstica? ¿El sicólogo escolar? ¿Pablo, Uniqua, Tasha, el alce y el canguro? ¿Quién?
No se trata de “culpabilizar” a ninguna mujer que no desee o no pueda hacerlo. Se trata apenas de ver las cosas como son y de actuar a tiempo, por la supervivencia de nuestros hijos y de nuestras sociedades.
Nosotros, los cienciólogos, sabemos que también por la nuestra.